¿Se pueden enseñar las habilidades emocionales en la escuela? Programa de Aprendizaje Socioemocional (PAS) un aporte de la Psicología que nace en Mar del Plata 

Canet Juric, Lorena 

Zamora, Eliana 

García Coni, Ana  

Olsen, Cintia 

Instituto de Psicología Básica, Aplicada y Tecnología IPSIBAT (UNMDP – CONICET)

Cuando un chico no puede concentrarse porque está angustiado, o abandona una tarea porque siente que «no sirve para eso», el problema no es de contenido: es emocional. Las emociones no son un detalle del aprendizaje, son parte de su estructura. Inciden en cómo los estudiantes prestan atención, enfrentan las dificultades, se relacionan con otros y sostienen el esfuerzo. Entonces surge una pregunta que muchos docentes y familias se hacen: ¿se pueden enseñar, en la escuela, las habilidades que ayudan a regular las emociones? Eso fue exactamente lo que intentamos responder.

Un programa con historia

El Programa de Aprendizaje Socioemocional (PAS) se desarrolló en Mar del Plata hace aproximadamente diez años, a partir del trabajo conjunto de investigadores del CONICET y docentes de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Desde entonces, numerosos niños han participado en sus distintas implementaciones. En sus primeras etapas, el equipo analizó los datos generados por el propio programa mediante comparaciones pre y post intervención, que ya mostraban cambios en los estudiantes. Con el tiempo, y con el objetivo de fortalecer la evidencia, se incorporó un grupo de comparación —estudiantes que no participaron del programa, pero fueron evaluados en paralelo—, lo que permitió avanzar hacia un diseño más riguroso. Es precisamente sobre este tipo de evidencia sobre la que conversaremos aquí.

Específicamente, durante el año 2022 se trabajó con estudiantes de cuarto grado de una escuela privada de la ciudad de Mar del Plata durante todo un ciclo lectivo. Un grupo participó del PAS; otro continuó con sus actividades escolares habituales. Al final, comparamos los resultados en ambos grupos para entender qué cambios podían atribuirse realmente a la intervención.

¿Qué se trabaja en el programa?

El PAS se apoya en tres habilidades centrales, que se trabajan en encuentros semanales de aproximadamente 45 minutos. En esos espacios no solo se explican conceptos: se practican. La tabla 1 resume las habilidades trabajadas y lo que el estudio encontró en cada una.

Tabla 1. Fuente: autor.

La mentalidad de crecimiento refiere a la creencia de que las capacidades no son fijas, sino que pueden desarrollarse con esfuerzo, práctica y buenas estrategias. Cuando un estudiante internaliza esta idea, cambia su relación con el error: en lugar de interpretarlo como una señal de que «no puede», lo lee como parte del proceso de aprender.

El autocontrol es la capacidad de regular la propia conducta frente a impulsos y distracciones: poder sostener la atención en una tarea, aunque haya estímulos que compitan, o demorar una respuesta impulsiva para pensar mejor.

La regulación emocional, por su parte, implica reconocer las propias emociones y manejarlas de manera adecuada al contexto, sin suprimirlas, pero sin que tampoco interfieran en lo que uno quiere hacer.

¿Qué cambios se observaron?

Si bien el programa se ha desarrollado y aplicado durante casi una década, lo que se presenta aquí corresponde exclusivamente a una cohorte específica evaluada en un único ciclo lectivo, bajo un diseño con grupo control; por lo tanto, no refleja efectos acumulativos a lo largo de los años de implementación. En este marco, la intervención puntual mostró efectos alentadores, aunque con variaciones entre las distintas habilidades evaluadas. Los niños que participaron del PAS evidenciaron mejoras claras en mentalidad de crecimiento y autocontrol: al finalizar, mostraban mayor disposición a sostener el esfuerzo frente a tareas desafiantes, una actitud más flexible ante el error y mayores recursos para regular la distracción. Estos cambios resultan relevantes, dado que inciden directamente en el funcionamiento cotidiano del aprendizaje.

Sin embargo, las habilidades sociales y la regulación emocional no mostraron mejoras significativas en este período. Esto no invalida el programa: señala algo que la investigación en desarrollo socioemocional viene mostrando consistentemente. Algunas habilidades, especialmente las que implican relaciones con otros o el manejo de emociones en situaciones complejas, pueden requerir más tiempo, más contextos de práctica y, probablemente, la participación de otros adultos de referencia más allá del aula. Lo que los investigadores llaman «transferencia cercana» – mejorar en aquello que fue directamente entrenado – ocurrió con claridad. La «transferencia lejana» – que esos aprendizajes impacten en el bienestar general o en los vínculos sociales- es un proceso más lento que un ciclo lectivo no alcanza a capturar.

En cuanto al bienestar emocional, problemas como la ansiedad o el retraimiento disminuyeron tanto en el grupo del programa como en el que no participó, lo que sugiere que parte de esa mejora responde al desarrollo propio de la edad más que a la intervención específica. Los comportamientos más visibles, como la agresividad, tampoco mostraron cambios en ninguno de los grupos, algo coherente con la literatura: ese tipo de conductas suele requerir intervenciones más intensivas y sostenidas.

Qué nos dice esto sobre la escuela

Que la escuela puede trabajar habilidades socioemocionales cuando lo hace de manera explícita y sistemática. No se trata de agregar contenidos ajenos al aula, sino de reconocer que aprender también implica saber enfrentar la dificultad, tolerar la frustración y relacionarse con otros. Esas no son habilidades que los chicos traen dadas: se desarrollan, y la escuela puede acompañar ese proceso.

Al mismo tiempo, los resultados invitan a ajustar expectativas. Algunos cambios, como sostener el esfuerzo o regular la conducta, pueden ocurrir en plazos relativamente breves con intervenciones bien diseñadas. En cambio, otros procesos —como la regulación emocional en contextos interpersonales o las habilidades sociales— requieren más tiempo dentro del programa, así como mayor diversidad de experiencias y oportunidades de práctica en distintos contextos para consolidarse y generalizarse. No se trata de una limitación del PAS en particular, sino de una propiedad del desarrollo socioemocional: los cambios más profundos, especialmente aquellos que implican la coordinación entre lo intrapersonal y lo interpersonal, tienden a desplegarse de manera más gradual y dependiente del contexto.

Límites y próximos pasos

La muestra fue reducida —alrededor de 46 niños— y, si bien el seguimiento se extendió durante un año, no permite valorar la estabilidad de los efectos en el largo plazo. Estudios futuros deberían incluir muestras más amplias, seguimientos extendidos u otras fuentes de información: reportes de docentes y familias, observaciones en el aula. También sería valioso estudiar qué ocurre cuando el programa se sostiene durante varios años en una misma institución, algo que las percepciones de quienes participan sugieren que produce efectos más amplios y profundos, pero que todavía aguarda una medición igual de rigurosa.

Más que respuestas definitivas, este tipo de estudios permite avanzar en algo concreto: saber qué funciona, en qué condiciones y con qué alcance. Los datos muestran que enseñar a los chicos a esforzarse, a tolerar el error y a regular su conducta no es una tarea ajena a la escuela. Es, precisamente, parte de lo que la escuela puede hacer.

Referencias

Canet-Juric et al. (2020). Revista Argentina de Ciencias del Comportamiento, 12(1). https://doi.org/10.32348/1852.4206.v12.n1.24999

Durlak, J. A., Mahoney, J. L., & Boyle, A. E. (2022). Psychological Bulletin, 148(11-12), 765– 782. https://doi.org/10.1037/bul0000383

Zamora, E. et al. (2022). Programa de Aprendizaje Socio-Emocional: cuadernillo n° 2. EUDEM.

¿La escuela en jaque?: entre la violencia escolar, el ataque a la escuela y la manifestación de una sociedad rasgada

Prof. Natasha Rodríguez

Prof. Historia. UNMdP, Grupo de investigación Giedhics. Maestranda en Arte y Sociedad en Latinoamérica (UNICEN). Profesora en nivel secundario y terciario de la ciudad de Mar del Plata.

Dra. María Belén Escalante

Prof. Historia Dra. en Humanidades y Artes con mención en Educación (UNR),  docente de la Facultad de Humanidades y de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, profesora en escuelas secundarias de la ciudad de Mar del Plata, Grupo de investigación Giedhics, participante de Apehun.

 

 

La escuela puede entenderse como una ventana a la realidad que refleja constantemente el estado de las sociedades, como un microcosmos, donde el individuo aprende e interioriza las normas sociales. Pero la relación también puede ser inversa, y que el espacio escolar sea un escenario que visibiliza conflictos, problemáticas y desafíos de nuestro mundo. La sociedad se ha mostrado conmovida por los episodios de violencia ocurridos en las últimas semanas; hablamos de dos casos de violencia física dentro de las instalaciones escolares, varias amenazas de bombardeo y  la activación de un arma en pleno patio escolar. Estos hechos no representan sólo violencia escolar, como versan los titulares de los medios de comunicación, sino que nos interpelan e invitan, una vez más, a poner la lupa sobre la escuela, la ciudadanía, los profesores/as y los sujetos escolarizados. ¿Quiénes estamos en las aulas de la Escuela Secundaria?, ¿bajo qué circunstancias?, ¿qué está pasando en la escuela y qué nos vienen a contar estos jóvenes?

En primer lugar, estos hechos demuestran el increíble peso que tienen hoy las redes sociales, que pueden reflejar aspectos de la realidad social y, al mismo tiempo, transformarla. Es un espacio virtual, en el que navegan muchos de nuestros estudiantes, donde construyen múltiples interacciones que, aunque intangibles, permiten moldear el mundo en el que vivimos. En la virtualidad es donde circulan múltiples discursos que influyen en la realidad social, que guardan una notoria autoridad (sean datos verdaderos o falsos) y dan forma a parte del imaginario colectivo. El orden social, ya decía el filósofo francés Michael Foucault, se rige a través del poder discursivo, esas cuotas de micropoder imperceptibles pero altamente efectivas en la formación de las representaciones sociales y el mundo en el que vivimos. Y asimismo,  estos discursos muchas veces se transforman en discursos del odio, representaciones que toman como enemigo a un individuo o grupo social a quien sistemáticamente se le adjudican los males sociales, generando discriminación, xenofobia y excluyéndolo de la dinámica social.

Fuente. Tweets extraídos de informe en https://infoactivismo.org/como-identificar-discursos-de-odio-en-redes-sociales-y-que-herramientas-utilizar-para-combatirlo/

Por su parte,  esta es una captura de pantalla de los comentarios de la red social Instagram, sobre un posteo del ataque físico que sufrió una adolescente con discapacidad en Mar del Plata.

Recuperado de: https://www.instagram.com/p/DWzyLUVAL26/ 

Aquí vemos comentarios dirigidos hacia el personal docente y directivo de los establecimientos:

Asimismo, en la red social Facebook también se pueden leer mensajes que atacan directamente al personal de las instituciones.

Recuperado de: https://www.facebook.com/cnmnoticias1/posts/-una-violenta-agresi%C3%B3n-dentro-de-un-aula-de-la-escuela-secundaria-n-38-de-mar-de/1560146592780139/ 

Estos comentarios dan cuenta de un ataque a la institución escolar y los miembros que hoy hacen posible la escuela. 

¿Qué dicen las Ciencias Sociales sobre la capacidad de la escuela para generar espacios de transformación, emancipación y diversidad cultural?

Jean Masschelein y Martin Simons (2014) en su libro “Defensa de la escuela” nos presentan el panorama actual, que se caracteriza por el ataque deliberado a la escuela. Esta institución es juzgada y declarada culpable: por ser considerada obsoleta y tradicional, por no ofrecer aprendizajes que permitan a los estudiantes conectarse con el mundo real, por reproducir las desigualdades sociales y el orden capitalista imperante a partir de su cultura basada en el orden y la disciplina. Sin negar estos aspectos, los autores renuevan la apuesta y nos recuerdan, ¿acaso la escuela no es el espacio donde se suspende el orden natural de las cosas, el orden social impuesto para hablar de un “tiempo común”, de la inauguración de lo común, aquello que permite alejarnos de las lógicas únicamente productivas y generar la posibilidad de imaginar nuevos mundos?

En todo caso, lo que hemos vivenciado en la escuela representa lo que esta es: el ámbito donde lo común tiene lugar, donde se evidencia y manifiesta cómo estamos como sociedad, donde nos encontramos y nos miramos a la cara, nos reconocemos y se evidencian nuestras glorias y penas. Lo sucedido, entonces, funciona como aviso y alarma del estado de violencia que hoy vivimos. Podemos pensarlo como un pedido de ayuda, como un cartel S.O.S que demanda una atención inmediata.

En este sentido, las Ciencias Sociales nos proponen pensar la escuela desde un sentido crítico, como  acto de resistencia y la posibilidad de un proyecto alternativo al (y dentro del) sistema educativo circundante y hegemónico que resulta imperceptible a los mismos actores sociales que lo practican, ya que en lo cotidiano la perspectiva pedagógica, las posturas ideológicas, el acervo teórico de los/as profesores/as puede perderse ante lo inmediato.

Desde esta premisa y en relación con las perspectivas críticas en educación, podemos intentar mirar a las prácticas docentes como posibles hacedoras de acciones de resistencia y al aula como un espacio de cambio genuino, que permita real y concretamente generar conciencia crítica a los/as estudiantes de su propio rol en su contexto socio-cultural, a través del intercambio pedagógico entre profesores/as y jóvenes.

 

¿Cómo lograr ese cambio y promover una enseñanza que nos permita pensar el mundo críticamente? 

El Marco General de Escuelas Secundarias en la provincia de Buenos Aires afirma que cada cultura pregunta y responde desde su contexto y desde su sensibilidad,  construyendo un ámbito de significación propio; pues la  interculturalidad implica reconocer el valor único de cada interpretación del mundo. La actitud intercultural en la educación consiste pues, en crear la conciencia de la interrelación entre persona y entorno, y entre los diversos universos culturales; significa, adoptar como categoría básica del conocimiento la relación. Entonces, en lo prescriptivo de los Diseños Curriculares, de las políticas educativas, se entrevé la idea de un espacio que atienda a las necesidades de los/as estudiantes. A la luz de los hechos de violencia sucedidos en instituciones educativas, los que salen en los medios de comunicación y los que no, acaso esto no sea suficiente.

Los estudios desde los ámbitos académicos insisten en la idea de generar desde las aulas una ciudadanía que sea consciente de su propio lugar en su contexto socio-económico y que pueda tener su propia voz para erradicar situaciones de injusticia social.

Ahora bien, ¿qué hacemos desde las escuelas con estos hechos de violencia extrema, con los discursos de odio, con la inmensidad de fluidos de información en internet y redes sociales?

Quizás nos hemos quedado a mitad de camino, nos hemos quedado en intenciones y la educación intercultural de los tiempos históricos y de las diversas cosmovisiones acerca del estudio del pasado es un horizonte posible, sin que esto necesariamente signifique un aspecto emancipador para los/as estudiantes, que pueden ver con cierto distanciamiento la necesidad del diálogo entre epistemologías, el reconocimiento de las relaciones de poder y las asimetrías existentes entre ellas.

Entonces, es válido preguntarnos: ¿qué abordajes definen el interés y la motivación, la interpelación, las emociones de los sujetos escolarizados, para convertirse en sujetos de aprendizaje?. Cuando comenzamos a vislumbrar la pertinencia e importancia que tienen los problemas sociales candentes para los/as jóvenes que están en las aulas, debemos ubicarnos también en el periodo de formación inicial de los/as docentes que luego compartirán el espacio escolar con adolescentes.

Comprender-nos en capas de desigualdad, permite comprender las fracturas sociales que vivimos y  puede ser un hilo del cual seguir tirando para renovar la apuesta y defender nuestra escuela.