Dra. Sofia E. Ares
OCPE – INHUS (CONICET – UNMdP)
Grupo de Estudios sobre Población y Territorio, (CIGSA, FHUM, UNMdP)
¿Qué sucede con los nacimientos? ¿La maternidad disminuye o se posterga? ¿Qué consecuencias sociodemográficas genera la reducción de los nacimientos? Estas y otras preguntas forman parte de las preocupaciones de la Demografía que, como toda Ciencia Social, busca mostrar no solo datos sino con ellos evidenciar problemas que son parte de la agenda pública.
La disminución de la fecundidad, traducida en menor cantidad de nacimientos (menor natalidad) y en la reducción en el promedio de hijos por mujer (tasa global de fecundidad) es un hecho que en la actualidad caracteriza a la mayor parte de los países. En Argentina, la caída de los nacimientos y del promedio de hijos por mujer registró cierto estancamiento durante algunas décadas, pero luego de 2017 retomó el camino descendente, impulsada especialmente por la baja de los embarazos adolescentes.
¿Y cuál es la situación de General Pueyrredon? El territorio local se destaca en el conjunto nacional por la ciudad de Mar del Plata, urbe que entre otras particularidades tiene rasgos de envejecimiento demográfico, con 15 % de población con 65 años o más. Esta estructura poblacional, se configura a partir de diversos procesos convergentes como son el arribo de migrantes de edades avanzadas, el descenso de los nacimientos y el incremento de la esperanza de vida al nacer. De este conjunto, veremos a continuación, cuál es la trayectoria seguida por la fecundidad en los últimos años.
El indicador más claro, y al que se acude habitualmente, es el total de nacidos vivos por año, este nos muestra un descenso abrupto en el período 2010-2024 (Figura 1). En 2010 se registraron 9.946 nacidos vivos y la cifra se redujo a 5.232 en 2024, es decir que en 14 años hubo un 47 % menos de nacimientos. Si bien la pandemia por COVID-19 parece ser un punto de inflexión, la merma en el total de nacimientos comenzó en los años previos. Así, luego del pico de 2015 (10.047 nacidos vivos), el derrumbe no se detuvo, con 8.891 en 2017 y 7.862 en 2019. Entre 2019 y 2020 la caída llegó al 22 %, mostrando el impacto de numerosos factores -incluida la crisis sanitaria- sobre las decisiones de reproducción de la población.
Figura 1. Nacidos vivos, 2010-2024, partido de General Pueyrredon

Esta cifra, sin embargo, por sí sola no nos da muchos indicios sobre los cambios en marcha. Por eso, un indicador más adecuado es la tasa global de fecundidad (TGF), es decir, el promedio de hijos que tendría una mujer a lo largo de su vida fértil. En este caso notamos que en 2010 General Pueyrredon la TGF era de 2,3 hijos por mujer, cifra que en 2023 descendió a 1,2 (Figura 2). En consecuencia, este indicador –que no está influenciado por la composición de una población por sexo y edad- nos pone frente a una pregunta ¿las mujeres no tienen hijos o los tienen a edades cada vez más avanzadas?
Figura 2. Tasa global de fecundidad (hijos por mujer), 2010-2023, partido de General Pueyrredon

Si la maternidad se posterga ¿cómo se ha transformado la fecundidad por edad? Sobre el particular advertimos dos cuestiones. En primer lugar, que descienden las tasas de fecundidad en cada uno de los grupos quinquenales de edad y en segunda instancia que la forma de la curva se modifica (Figura 3). En este sentido, en 2010 la estructura de la fecundidad por edades evidenciaba una cúspide temprana, con el valor máximo entre los 20-24 años. En 2023, en cambio, vemos una cúspide tardía, con el valor máximo entre los 25-29 años (61 ‰), seguido por un valor también elevado entre los 30-34 años (56 ‰). Es decir, encontramos en poco más de una década una postergación de la maternidad hacia los grupos etarios de 25 a 34 años, situación que se suma al descenso de los nacimientos en todas las edades.
Figura 3. Tasa de fecundidad por edades, 2010 y 2023, partido de General Pueyrredon

Finalmente, la lectura de la tasa de fecundidad por edades nos deja otros datos de interés. La fecundidad adolescente cayó un 66 % entre 2010 y 2023, lo que constituye un dato alentador debido a que la maternidad a edades tempranas reviste peligros para la salud de las mujeres, en especial cuando ocurre antes de los 15 años. Esta última situación, además, suele ser consecuencia de situaciones de abuso sexual. A ello se debe agregar que la maternidad adolescente conlleva efectos negativos en el largo plazo en relación con la continuidad de la educación y la inserción laboral. En el otro extremo de la escala etaria, el grupo de mujeres de 45 años o más es el que registró la menor caída en la tasa (19 %), mostrando cierta estabilidad en el período considerado.
A propósito de estas transformaciones, los datos del Censo de Población de 2022 permiten cruzar la fecundidad con otras variables. Para tratar de entender los cambios que están ocurriendo y la influencia de la educación sobre las decisiones reproductivas observamos el promedio de hijos en mujeres de 45 a 49 años. En este grupo etario hay una brecha significativa entre las mujeres con bajo nivel educativo (secundario incompleto o menos), que alcanzaron esa edad con un promedio de 3 hijos y las que lograron niveles educativos altos a muy altos (superior no universitario, universitario o posgrado), que cierran su etapa reproductiva con una media de 1,7 hijos. Además, vemos que el 15 % de las mujeres mayores de 44 años no tenía hijos. Pero dentro de ese conjunto el 79 % tiene un nivel educativo alto a muy alto frente al 17 % con bajo nivel educativo (secundario incompleto o menos).
Factores económicos -acceso al empleo y a la vivienda, los ingresos del hogar-, factores sociales y culturales -mayor permanencia en el sistema educativo, extensión de la educación superior y de posgrado, búsqueda de experiencias y consolidación en las carreras elegidas, consumos (bienes materiales, viajes u otro tipo de experiencias), individualismo, ideologías, desprendimiento de los mandatos tradicionales- constituyen un conjunto complejo que viene a transformar no solo los patrones de fecundidad sino a las sociedades en su conjunto, delineando nuevos desafíos para cada uno de nosotros y, especialmente, para funcionarios públicos y encargados de las políticas sociales y de salud.




